Geronima, una mujer con arrugas en la cara y una sonrisa irremplazable. Con noventa y cuatro años de vida plena, siete hijos, veinte nietos, y tres bisnietos. Podríamos decir que es una mujer feliz. Me atrevo a decir podríamos, porque conociendo esta vida y la historia de esta bella mujer y persona, no logro entender cómo hizo para que nada la deje caer. Ella siempre relata una frase, “… el distraído tropezó con ella, el violento la usó como proyectil, para los niños fue un juguete, Miguel Ángel le sacó la más bella escultura, no existe piedra en el camino que no puedas aprovechar para tu propio crecimiento…”. Y así fue…
Retrocediendo en los años, a una mujer que cree en la ayuda al otro, la armonía y la paz más que en la pelea; en la construcción más que en la destrucción, se le presentó una piedra en el camino. Por primera vez, Geronima se sentía perdida, su memoria comenzaba a nublarse, sus recuerdos se confundían, y sentía que su vida perdía sentido.
Un hijo con Síndrome de Down, después de vivir sesenta años, de ser una persona capaz de sentir, de ser, de entender, hoy ya no tiene vitalidad ni lucha, solo entrega.
Quizás pocos sepan sobre el tema, pero bien que muchos, utilizan este síndrome como insulto fácil para herir a alguien, pero no me voy a poner a hablar de discriminación y prejuicios, pero si seguiré desafiando las opiniones rígidas de gente que no tiene valores ni sentido.
Gustavito, una persona de sesenta años, hijo de Geronima, sin tener el habla, el poder de expresarse, cuando sus piernas pasaron a ser ruedas de una silla, cuando sus ahogos paran el corazón de su madre. Esta mujer, que siempre espero con paciencia sus tiempos más lentos, que tejía proyectos para él, que siempre vio más allá del cuadro médico, que siempre estuvo a su lado con la ternura de una sonrisa cada vez que sus manos torpes se equivocaban, con la sabiduría de guiarlo sin transformarlo, con la protección de su respeto para que los demás lo respeten como es. Geronima hoy vive por él, y él vive por ella, sabiendo que algún día, él acostado en una cama, entre médicos que lo mantienen vivo por un rato mas. Aquel Gustavito que alguna vez fue un niño con manos torpes, y hoy es un hombre con esa niñez en sus ojos, que piden a gritos cerrarse. Con un cuerpo cansado, una mirada perdida, una sonrisa borrada, él vive por ella, y ella vive para él. Sabiendo que uno de estos días, el uno o el otro, dejará de luchar.
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Escribí esto hace un tiempo, en un ejercicio de la facultad. Hoy, me atrevo a compartirlo, porque todos los días agradezco la familia unida y llena de valores que tengo.
Y está mujer, es un ejemplo, MI ABUELA.
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